(OP = opción por los pobres
OPP = opción preferencial por los pobres
OJ = opción por la justicia
TL = teología de la liberación
Situación de la cuestión
Siempre dijimos que la OP se fundamenta en Dios mismo, en el ser de Dios, y
que tiene por tanto naturaleza «teocéntrica»: de alguna manera,
podemos decir que Dios mismo hace opción por los pobres, Dios
«es» opción por los pobres. Y era un consenso universalmente
sentido que esta OP se basaba precisamente en el Amor-Justicia del Dios
bíblico y cristiano.
Sin embargo, con el advenimiento de la «crisis de la TL»,
algunos autores suavizaron su discurso sobre la OP, prefiriendo abandonar la
perspectiva del Amor-Justicia y sustituyéndola casi
completamente por la de la «gratuidad» de Dios como fundamento de la
OP. En este nuevo planteamiento, Dios, simplemente «prefiere» a los
pobres, tiene una «debilidad» misericordiosa, una
«ternura» incontenible hacia ellos, y a este hecho no habría
que buscarle muchas razones, precisamente por ser «gratuito».
La OP resultaría ser una especie de «capricho» de
Dios, hacia los «pequeños, los débiles, los
insignificantes». De éstos sería de quienes hoy
habría que hablar, y no ya de «los pobres» en el sentido
fuerte del discurso clásico,
que hoy estaría ya sobrepasado. La misma teología de la OP
debería desvincularse del tema fuerte de la Justicia y ser adjudicada al
tema suave de la gratuidad.
Mi tesis es que este corrimiento o desplazamiento del acento desde la
Justicia hacia la Gratuidad de Dios como fundamento de la OP deteriora y
finalmente malversa dicha opción -consciente o inconscientemente-, al
convertirla en una simple "preferencia", un "amor
preferencial", una simple prioridad de orden en la caridad, dejando de ser una verdadera
«opción», una toma de partido disyuntiva y excluyente, como
una opción fundamental, fundada para nosotros en la misma naturaleza de
Dios.
No niego que tenga algún sentido afirmar que «Dios tiene una
preferencia gratuita por los pequeños y los débiles»; pero
sostengo que tal «preferencia» no puede ser identificada en un
sentido preciso con la OP, ni mucho menos puede ser puesta como fundamento de la
misma. Confundir la OP con esa «preferencia de Dios hacia los
pequeños y los débiles», o con el llamado «amor
preferencial por los pobres», y aplicarle el mismo nombre de OP, es ser
víctima de la confusión, o ceder ante la estrategia de quienes han
intentado resignificar y ocupar el término OP para despojarlo de su
contenido propio. La OP original y clásica latinoamericana, la
típica de la teología y la espiritualidad de la liberación,
la OP por la que murieron nuestros/as mártires, y que también
nosotros consideramos «firme e irrevocable», es otra, y debe ser
distinguida de cualquier sucedáneo. Una fidelidad valiente y
lúcida debe rechazar consciente y explíticamente esta pretendida
fundamentación de la OP en la «gratuidad» de Dios. Es lo que
quiero ayudar a aclarar. Para ello, nada mejor que tratar de reencuadrar
sistemáticamente la naturaleza misma de la OP.
Primera tesis: En sentido estricto, Dios ama sin preferencias ni
discriminaciones
Afirmar lo contrario sería, en buena parte, un antropomorfismo.
Dios quiere y ama a todos/todas por igual, con un amor tan peculiar para cada
persona, y a la vez tan infinito, que no hay posibilidad de cuantificaciones ni
de comparaciones en ese amor. Toda persona puede sentirse amada infinitamente
por Dios, y nadie debe sentirse «preferido» o discriminado positiva
ni negativamente. No es posible hablar seriamente de «amores
preferenciales» de parte de Dios respecto a algunos seres humanos frente a
otros. Lo exige la suprema dignidad de la persona humana y la ecuanimidad
infinita de Dios. Y todo lo que se aparte de aquí, sólo pueden ser
formas inadecuadas de hablar, "demasiado humanas", antropomorfismos.
Dios no tiene parcializaciones, ni «acepción de personas».
No las tiene por motivos de raza, ni de color, género o cultura…
Dios ama a todas sus creaturas, con amor realmente «incuantificable e
incomparable», en el que no caben preferencias ni discriminaciones.
Segunda tesis: Dios opta por la Justicia, no preferencialmente, sino
alternativa y excluyentemente
Hay sin embargo un campo en el que Dios es necesariamente radical e
inflexiblemente parcial: el campo de la justicia. Ahí Dios se pone de
parte de la justicia y en contra de la injusticia, sin la menor
concesión, sin la menor «neutralidad», y sin simples
"preferencias": Dios está contra la injusticia y se pone del
lado de los «injusticiados» (las víctimas de la injusticia).
Dios no hace ni puede hacer una «opción preferencial por la
justicia»: sino que opta por ella
posicionándose radicalmente contra la injusticia y asumiendo de una
manera total la Causa de los injusticiados.
Esta opción de Dios por la Justicia no se fundamenta en su
«gratuidad», ni es una especie de «capricho» divino que
pudiese haber sido de otra manera o simplemente no haber sido, como si la
sanción divina de la justicia obedeciese a un simple voluntarismo
ético.
La opción de Dios por la Justicia se fundamenta en su mismo ser: Dios
no puede ser de otra manera, no podría no hacer esa opción sin
contradecirse y sin negar su propio ser. Dios es, "por naturaleza",
opción por la Justicia, y esa opción no es gratuita (sino
axiológicamente inevitable), ni contingente (sino necesaria), ni
arbitraria (sino fundada per se en el
mismo ser de Dios), ni «preferencial» (sino alternativa, exclusiva y
exluyente).
Tercera tesis: La OP es opción por los
«injusticiados»
El concepto «pobres», como parte de la expresión
«opción por los pobres», ha causado cierta confusión.
En efecto, si la opción es «por los pobres», explicablemente
sobreviene la tentación de situar en la «pobreza» el
fundamento de tal opción, ya sea identificando falsamente pobreza con
santidad (lo cual se obvió desde el principio), o reelaborando
metafóricamente el concepto de «pobreza» en diferentes
direcciones, o derivándolo hacia
cualquiera de los grupos que en el AT parecen ser objeto de una
«preferencia» de parte de Dios (los «débiles y
pequeños»…), o por otros muchos caminos.
Se podrá evitar estos desvíos si se trae a luz el papel
teológico que el concepto de «pobres» juega concretamente en
la expresión «opción por los pobres».
Teológicamente hablando, «pobres» funge ahí
exactamente como «injusticiados». Porque Dios no opta por los pobres
en cuanto pobres (materiales, económicos), sino en cuanto
«injusticiados». La pobreza económica no es por sí
misma una categoría teológica, sino la injusticia que puede darse
en esa pobreza económica. Teológicamente considerada, la
«opción por los pobres» es en realidad «opción
por los injusticiados». Si se llama opción
«por los pobres», ello se debe a que, quoad nos, los pobres (económicos) son el primer
analogado de la injusticia y su expresión máxima o por
antonomasia.
Hablando con precisión teológica, los destinatarios de esta OP
no pueden ser identificados sin más como los «pobres
económicos» por sí mismos, ni los «pobres que son
buenos», ni los que son «pobres en algún sentido», o
los que tienen «espíritu de pobres»... (delimitaciones todas
ellas muy lábiles, resbaladizas, a causa de los juegos metafóricos
del lenguaje), sino los «injusticiados», sean pobres
económicos o no, metafóricos o no.
Por el contrario: los «pequeños y los débiles», o
sea, todos aquellos cuya «pobreza» no puede ser medida en
términos de injusticia, no deben ser identificados
como destinatarios netos de la OP, sino por extensión metafórica.
Pueden ser objeto de una «ternura especial» y gratuita por parte de
Dios y nuestra, pero este sentimiento y esta actitud no deben ser confundidas
con la OP.
Toda problemática humana que sea convertible en injusticia
–aunque no tenga que ver con la «pobreza» en sentido literal o
económico- es objeto de la OP (porque ésta es opción por la
justicia). Así, la discriminación étnica, de género,
cultural… como formas de injusticia que son, y aunque no se den junto con
situaciones de pobreza económica, son objeto de la OP. No lo son por ser
formas de pobreza -que no lo son-, sino por ser formas de injusticia.
La opción por la cultura despreciada, por la raza marginada, por el
género oprimido… no son opciones diferentes de la OP, sino
concreciones diversas de la única «opción por los
injusticiados», a la que llamamos OP.
Cuarta tesis: La esencia teológico-sistemática de la OP y su
fundamento es la opción de Dios por la Justicia.
Teológicamente hablando, en sentido
dogmático-sistemático, la verdadera naturaleza de la OP, es la
opción de Dios por la Justicia. La «radiografía
teológica» de la OP, el fundamento sobre el que se sostiene, lo que
en realidad la constituye, es la opción de Dios por la justicia.
Si se ignora su relación con la justicia y se la emparenta con una
simple «voluntad gratuita» de Dios, la OP se extravía por
caminos que la desvirtúan, la mixtifican y desnaturalizan, acabando por
convertirla en un simple "amor preferencial", o una opción
opcional, facultativa, gratuita, arbitraria, contingente, desvinculada de la
justicia, reducida a «caridad» o beneficencia.
La OJ de Dios es mayor que -y anterior a- lo que la TL latinoamericana
captó y expresó como OP. La OP no es sino una captación
-importante pero no agotadora de la totalidad- de esa opción de Dios por
la justicia. La OP es una forma nuestra de percibir, de expresar y de asumir esa
opción de Dios por la Justicia
«Opción por los pobres» es un nombre pastoral,
histórico, escogido en función de su inteligencia inmediata. Pero,
teológico-sistemáticamente considerada, es decir, atendiendo a su
esencia teológica más profunda, la OP «es»
opción por la justicia y el nombre que mejor expresaría su
naturaleza teológica sería el de «opción por los
injusticiados». No abogamos por un cambio
de nombre; simplemente llamamos la atención sobre el hecho de que el
nombre no coresponde a lo que sería una «definición
esencial» de la OP.
Quinta tesis: Como opción por la justicia que es, la OP no es
preferencial, sino disyuntiva y excluyente. Por el contrario, la OPP es
simplemente una prioridad y ni siquiera es una «opción».
La OP es una toma de posición espiritual, integralmente humana, y
por tanto también social y política, a favor de los pobres en el
marco del conflicto social histórico, y por eso es una opción
disyuntiva y excluyente.
La «opción (no preferencial) por los pobres» (OP)
pertenece al campo de la justicia y se fundamenta en la opción misma de
Dios por la justicia. Por el contrario, la «opción preferencial por
los pobres» (OPP) pertenece a ámbito de la caridad y puede ponerse en
relación con la gratuidad de Dios. La OP no tiene aplicabilidad ante las
pobrezas naturales. La OPP, por el
contrario, sólo tiene validez para las pobrezas
naturales.
La OP ve la pobreza como una injusticia a erradicar mediante el amor
político y transformador, mediante una praxis social, como acto de
justicia. La OPP, por su parte, ve la pobreza como algo lamentable pero tal vez
natural, como algo que simplemente hay que compensar con actos de generosidad
gratuita, asistencialmente.
La «preferencialización» de la OP, o sea, el
desplazamiento o la sustitución de la OP mediante la OPP, funge como un
ocultamiento de las coordenadas de la justicia para mirar la realidad
sólo desde la perspectiva de la beneficencia o el asistencialismo. O como
la reducción del amor cristiano a una misericordia privatizada y una
solidaridad espiritualizada. Un cristianismo con OPP pero sin OP es funcional a
cualquier sistema injusto. La oposición a la OP -y en general, a la
teología y espiritualidad de la liberación en cuyo seno aquella
nació- ha fungido como el principal objetivo de quienes han intentado
revertir la renovación posconciliar de la teología y la
espiritualidad latinoamericanas con Medellín y Puebla, y como la vuelta a
una Iglesia que legitima del sistema capitalista y neoliberal que también
hostilizó frontalmente a la Iglesia de la liberación
latinoamericana y a sus innumerables mártires.
Aplicado a la OP, el adjetivo «preferencial», al implicar una
relación de simple prioridad entre términos exentos de disyuntiva
o mutua exclusión, desnaturaliza la OP, convirtiéndola en una
simple prioridad o preferencia de orden y al negar la posibilidad de una
opción radical por uno de los términos sometidos a relación
de preferencia. Por eso, rigurosamente hablando, la OPP no es OP, sino, como han
han expresado sus teóricos, un simple «amor preferencial» o
una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad
cristiana». Es una prioridad, y ni siquiera es una
«opción», en el sentido fuerte de la palabra. La adición del
adjetivo «preferencial» ha fungido en muchos casos como
«caballo de Troya» que ha introducido en la OP el germen de su misma
desnaturalización. Afortunadamente, son muchos los que han adoptado
sólo externamente el uso del adjetivo, por las presiones del entorno, sin
abandonar interiormente la comprensión y la vivencia radical de lo que es
la genuina naturaleza de la OP, no preferencial, exclusiva y excluyente.
Aplicaciones y corolarios
OP: transcendental al nivel de la norma normans
En su sentido teológico-sistemático (antes pues, o
más allá de su aplicación concreta a mediaciones no
teológicas, y bien distinguida de éstas), la OP es un
transcendental que sobrepasa y atraviesa las dimensiones teológicas y
pertenece esencialmente a la misma imagen del Dios bíblico y cristiano.
Nuestro Dios «es» -por lo más nuclear de la revelación
bíblica y cristiana, y por sí
mismo- opción por la justicia, con absoluta precedencia y
con total independencia de toda escuela teológica o de cualquier carisma
o espiritualidad en la que nos movamos. En esta calidad, la OP no es susceptible
de ser normada por dimensiones subalternas (se sitúa en el nivel
máximo de la norma normans); y,
percibida en conciencia, ha de ser obedecida como en obediencia a Dios mismo,
con disposición de espíritu para la prueba del amor mayor.
En este mismo sentido, la OP no es una «teoría» de la
teología latinoamericana de la liberación, sino una
dimensión transcendental del cristianismo, dimensión que esa
teología ha tenido el mérito de redescubrir -para el cristianismo
universal- como vinculada a la esencia misma de Dios. Este re-descubrimiento es
efectivamente «el mayor acontecimiento de la historia del cristianismo en
los últimos siglos», y marca un antes y un
después, imborrable y sin retorno, para aquéllos para quienes la
OP ha sido una experiencia espiritual de conversión al Dios de los
pobres. La OP ha de ser considerada como «firme e irrevocable» y
como una «nota de la verdadera Iglesia».
Pobreza, riqueza e injusticia
Respecto a la identificación de la OP como opción por la
justicia, podemos hacer alguna prolongación en lenguaje más
aplicado.
•Si la pobreza de una persona o grupo es debida a que ha sido
víctima de la injusticia -y en esa medida-, Dios
está de parte de ese pobre, contra su pobreza, y contra los causantes de
esa pobreza-injusticia. Y lo está, necesariamente, de un modo
«excluyente» de la injusticia de los injustos, y no simplemente con
una «opción preferencial no excluyente».
Si se trata de alguna «pobreza» que no tenga que ver con la
justicia («pobrezas naturales», de raza, de género, de
cultura…) Dios no hace discriminaciones a ese respecto, ni
«prefiere» en ese campo a nadie. Dios no prefiere ni posterga a
ninguna raza o género o cultura por sí mismos.
•Si la riqueza de una persona o grupo implica injusticia -y en esa
medida-, Dios está decididamente contra esa riqueza, contra el modo de
vida que la genera, porque Šl está de parte de los que sufren las
consecuencias de la injusticia y en contra de los que la causan. Y está
en esa actitud de un modo necesario y de un modo que excluye esa injusticia, y
no con una opción sólo «preferencial hacia el pobre»
pero no radicalmente excluyente del «modo de vida del rico» que produce esa injusticia.
Si hay alguna riqueza que no tiene que ver con la injusticia
(cualidades psicológicas, género, dones corporales y/o
espirituales, azar…) Dios no hace ahí discriminaciones: ni prefiere
ni posterga a nadie.
Dicho de otra manera:
• Si en la realidad social sólo vemos personas blancas o negras,
pequeñas o grandes, fuertes o débiles, significantes o
insignificantes… (es decir, diferencias simplemente naturales, no
dialécticas, no conflictivas, no políticas), sólo podremos
llegar a pensar que Dios tiene alguna «preferencia» concretamente
hacia los pequeños, débiles, insignificantes… pero no una
«opción» o toma de partido excluyente (porque esto
sería injusto de parte de Dios). El fundamento de esa
«preferencia», efectivamente, podría ser la
«gratuidad» de Dios, y la acción que postularía de
parte nuestra sería la beneficencia, la limosna o el asistencialismo.
Este es el caso de la OPP.
• Si en la realidad social somos capaces de ver personas empobrecidas
por otras enriquecidas, razas dominantes frente a
culturas dominadas, un género opresor frente a otro oprimido…
podemos llegar a la captación de la evidencia de que Dios ahí no
puede tener simples «preferencias», sino que toma verdaderas
«opciones» y «se pone de parte de» los injusticiados y
«en contra» de la injusticia, y esa opción de Dios es
radical, disyuntiva y excluyente de la contraria. Su fundamento teológico
no es la gratuidad de Dios, sino su Justicia, y, consecuentemente, conlleva
hacia nosotros la exigencia de una «opción» semejante:
radical, disyuntiva, exclusiva, con implicación de opción por un
lugar social, y con un compromiso de praxis de transformación
histórica. Es el caso de la OP.
El concepto de justicia como mediación
Lógicamente, los principios teológicos están
obligados a pasar necesariamente por el filtro ulterior de diversas mediaciones
filosóficas, sociológicas y hasta políticas, a la hora de
ser puestos en práctica sobre la arena de la realidad.
Por ejemplo: el concepto mismo de «justicia», con todas sus
implicaciones filosóficas, sociológicas, políticas y hasta
culturales, será una mediación especialmente influyente en el
campo de esta «opción por los pobres». Hay un concepto
capitalista de justicia, hay otro socialista, hay otro neoliberal, hay otro
imperialista… Las personas estamos influenciadas por uno u otro
según el «lugar social» que ocupamos, o por el que optamos.
Para quien la justicia sea simplemente «dar a cada uno lo suyo», un
mundo de extremas desigualdades puede parecer justo si -por ejemplo- sólo
valora la actual legalidad de la propiedad privada absolutizada. No se lo
parecería a ninguno de los Padres de la Iglesia, ni a quien haga suyo el
concepto de justicia social distributiva y democrática de la la doctrina
social de la Iglesia, porque estas personas operan con un concepto de justicia
muy diferente.
En este sentido, a pesar de referirnos teóricamente a un mismo Dios, y
a pesar de aceptar tal vez como evidente su opción por la justicia, la
visión de la voluntad de Dios sobre el mundo puede ser diversa o hasta
contraria en unos cristianos y en otros. øDónde está el origen de
esa discrepancia?
Podría no estar en el concepto mismo que tengamos de Dios ni de su
Proyecto o Voluntad, sino en el concepto de justicia con el que construimos
nuestros juicios morales. El origen puede estar en el juicio moral que, desde el
concepto de justicia de cada quien, hacemos sobre la pobreza y la riqueza y
sobre los mecanismos sociales o estructuras que las generan o producen, sea que
los juzguemos como naturales o como históricos, como fatales o como
corregibles, como casuales o como causadas, culpables o inculpables,
estructurales o coyunturales, producto esencial del sistema perverso o
subproducto accidental negativo de un sistema social no necesariamente
negativo…). Así, por ejemplo:
-a quien la actual división tan desigual de la riqueza en el
mundo (la famosa «copa de champán» de los informes del PNUD)
le parezca «natural», pensará también -con buena
lógica- que Dios no se pronuncia sobre ella, o que solamente nos exhorta
a la limosna, a la beneficencia, a la gratuidad generosa… para paliar esas
lamentables diferencias «naturales»…
-a quien, por el contrario, le parezca que tal división del mundo es
injusta y pecaminosa, le parecerá -también con buena
lógica- que Dios está irritado con ella y que desea ardientemente
que sea abolida, y que quiere que le ayudemos a combatir ese injusto desorden
con un compromiso radical por la justicia;
-a quien piense que esa situación del mundo es el mayor drama de la
humanidad actual... le parecerá también que su superación
urgente expresa la mayor y más apremiante voluntad de Dios;
-a quien considere que el neoliberalismo es inocente, o que es «el
menos malo de los sistemas»... le parecerá que Dios quiere que lo
apoyemos, o incluso que lo «mejoremos» en algunas de sus
«deficiencias accidentales».
-a quien, por el contrario, le parezca que el neoliberalismo es injusto, o
incluso la mayor injusticia, la más estructural, le parecerá que
Dios quiere que combatamos esta estructura de pecado lo más denodadamente
posible.
Según esto, parecería claro que el problema teológico se
enruta hacia la discusión y el análisis de las mediaciones, y que
las discrepancias se situarían no en el nivel propiamente
teológico de los principios, sino en el nivel prudencial de las
mediaciones. Sin embargo, esto es sólo la mitad de la verdad, porque
nuestro concepto de justicia forma parte de nuestra elección de Dios.
«Dime qué entiendes por justicia, y te diré cuál es
tu Dios». Dime en qué justicia crees y te diré a qué
Dios adoras.
Solemos pensar que nuestro concepto de justicia nos viene del Dios
creído, pero también lo contrario es cierto: sólo creemos
en el Dios que cabe en nuestro concepto de justicia. La opción más
fundamental de nuestra vida puede ser aquella por la que optamos por un concepto
u otro de justicia, justicia que es a la vez nuestra utopía para el
mundo. Nuestra imagen de Dios es hija de la opción por la que elegimos
nuestro concepto de justicia y su correspondiente utopía para el mundo. Y
viceversa: muchos no llegan a asumir un concepto utópico de justicia
porque previamente han hecho la opción por el Dios del egoísmo y
de sus riquezas.
La OP es pues a la vez una opción por Dios (de los pobres) y una
opción por la Justicia utópica (del Reino). La
«opción por los ricos» es a la vez una renuncia al Dios de
los pobres y una opción por una justicia resignada al egoísmo. La
pción por los pobres o por los ricos, la justicia utópica y la
justicia resignada, y el Dios de los pobres o su rechazo, están
mutuamente implicados en un círculo hermenéutico. La obediencia a
Dios nos la jugamos no en una relación directa hacia Dios, sino en la
elección de un ideal de justicia utópica o de una justicia
resignada. Principios y mediaciones
están más mutuamente implicados que lo que parecería. Dios
es justo, y la justicia es divina. La opción por los pobres es a la vez
un acto de fe en el Dios de los pobres y una opción ética y
humanizante por la justicia (la de los pobres y la de Dios
simultáneamente). Por su parte, la opción por el egoísmo es
a la vez una injusticia y un rechazo de(l) Dios (de los pobres). Y volvemos al
principio: Dios y la OP no se pueden separar, porque la OP se fundamenta en Dios
mismo, en Su Justicia. La gratuidad de Dios es otro tema.