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Volume 1.1
January 2003

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Si todas las mujeres del mundo ...
Hna. M. Augusta Ghisleni, FSCJ


 
We’d like our readers to know that we know that more than a few Catholics in the world speak Spanish. And so, we think we would be derelict in this, the first issue of JUST GOOD COMPANY, not to publish a piece in Spanish, with no English translation (and no apologies!) Our man in Brazil, Ivo Sefton de Azevedo, came up with this prophetic piece – written by an 81-year-old nun from Brazil (where, apparently, many speak and write Spanish as well as Portuguese). Her words here speak a blunt truth: wherever important decisions were being made during the last thousand years, women were systematically excluded. She asks how we can change that pattern.

Sr. MARIA AUGUSTA GHISLENI is a member of the Congregation of the Daughters of the Sacred Heart of Jesus (an order founded by Saint TERESA VERZERI, in Italy, in the 19th Century). She is also a member of the Commission for the Decade of Churches' Solidarity with Women, promoted by the World Council of Churches and undertaken in Brazil by the National Council of Christian Churches (CONIC).

SI TODAS LAS MUJERES DEL MUNDO....

Hna. M. Augusta Ghisleni, FSCJ *

¡Si todas las mujeres del mundo se decidiesen por construir la paz! ¡Ser artífices de la paz! Si ellas jamas se omitiesen en esta ingente tarea que la pareja humana debería llevar a cabo: el sueño de la paz, acariciado por todos y todas, seguramente llegaría a convertirse en realidad palpable mucho más rapidamente

Hay que tener la valentía de decirlo: milenios de ideología patriarcal (es decir, unilateral) fueron milenios de guerras casi interminables. Una ideología en el polo opuesto (matriarcal) ¿nos habría llevado a resultados mejores?. Es probable que no. Si Dios creó al ser humano hombre y mujer y a ambos les confió el mundo para que lo construyesen, la ausencia de una de las partes de la pareja humana en esta tarea genera disonancia y ocasiona desequilibrios en la humanidad.

Tal vez la causa profunda de esta desarmonía social esté, exactamente, en la omisión de las mujeres por asumir sus responsabilidades en la construcción de la sociedad. O, dicho en otras palabras, el desequilibrio del  mundo quién sabe no sea el resultado de la exclusión de las mujeres de los niveles de decisión. 

1 – LA GRAN CONVOCACIÓN

Ha llegado la “hora de Dios”. Ha sonado la trompeta llamando a la pareja humana a reconsiderar su misión original. “Es hora de despertar del sueño”[1]. Sobre todo el ala femenina de la humanidad, marginada del poder de decisión durante siglos y siglos, está ahora convocada con mayor vehemencia.

Los “signos de los tiempos” aparecen por doquier. Urge discernirlos y repensar nuestras posibilidades, nuestros derechos y deberes, a fin de cumprirlos mejor. Recordamos algunos de estos signos:

La Iglesia Católica, en la Exhortación Apostólica Marialis Cultus, nos dice que la “Virgen María, lejos de ser una mujer pasivamente submisa, no dudó en afirmar que Dios es el defensor de los humildes y oprimidos y que derriba del trono a los poderosos del mundo”[2]. Se trata, sin duda alguna, de un convite irrecusable a seguir los pasos de María en este su liderazgo profético y valiente. Liderazgo fuerte que atravesó dos milenios de historia, impregnando todas las culturas y credos y que, ciertamente, continuará a hacerlo de generación en generación durante los siglos venideros. Es nuestro deber de hombres y mujeres de la presente generación no ser omisos en la imitación de los gestos de María, la Madre de Jesús.

Por su parte, el Consejo Mundial de la Iglesias proclamó y auspició una Década de Solidaridad de las Iglesias con las Mujeres (Páscua de 1988 a Pácua de 1998). Década que como tal ya finalizó, pero que continúa a través de “Nueva Década: Acción Ecuménica de Mujeres”.

Las varias iniciativas de la ONU, a nivel mundial, sobre el tema de la mujer (y de la tierra): México 1975. Copenhague 1980. Nairobi 1985. Rio de Janeiro 1992. Viena 1993. Cairo 1994. Beijin 1995... son “signos de los tiempos” que invitan al discernimiento y al compromiso en favor de la vida, de la paz y de la “salvación del planeta tierra, el habitat que Dios nos dio.

Por tanto, si todas las mujeres del mundo  - inspiradas en el Evangelio -  percibiesen la importancia del momento histórico en que viven, y las oportunidades de actuación que se les ofrecen... ¡Si todas resolviesen, decidida y firmemente decir “no” a la guerra!

¡Si todas se transformasen en artífices de la Paz, en el hogar, en la escuela, en la sociedad, en la Iglesia, acelerarían el adviento de la paz!. Paz verdadera que no puede ser pasiva ni opresiva, sino que debe ser criativa, preventiva y operante.  

2 – TODO COMIENZA EN EL HOGAR

Así, si cada madre, esposa, hermana o hija dijera a su hijo, esposo, hermano o padre: “Mete tu espada en la vaina, porque quien a espada mata, por la espada morirá”, estará construyendo la paz [3].

Si la familia, “agencia de educación por excelencia”, se educase para la paz, las generaciones venideras vivirán en paz. ¿Estará por demás recordarlo?. El ejemplo de los padres y educadores resulta decisivo. Sólo la paz de los padres genera la paz de los hijos. Las prescripciones son formativas tan sólo en la medida en que son corroboradas por el testimonio vivo. En la familia, que los coloquios sean de paz. Que jamás se enaltezcan figuras de guerreros, sino que, al contrario, sean vistos como símbolos negativos de una ética que tiene que ser superada. Lo mismo se diga de las mujeres que animaron a sus hijos y esposos para la guerra, o fueron ellas mismas para los campos de batalla.

Si los juguetes bélicos fuesen proscritos del hogar, las fábricas de tales juguetes irían a la quiebra. Si la competición entre hermanos se substituyese por la emulación para que cada uno se supere a sí mismo y no a los otros, se crearía una mentalidad de diálogo y de comunicación, indispensables al entendimiento entre los hombres.

Si en la familia se suplantase el patriarcado y se evitase el matriarcado, viviendo la pareja en la igualdad de los hijos de Dios, las esperanzas de una convivencia más armoniosa, pacífica y constructiva entre los seres humanos tendrían fundamentos más sólidos.

Una estrella ha de brillar en el cielo, indicando un futuro más seguro de comprensión, paz y amor, un futuro en el que todos los hombres y mujeres del mundo “sabrán” que son hermanos unos de los otros. 

3 – Y CONTINÚA EN LA ESCUELA

Si la escuela aprovechase debidamente su energía catalizadora e irradiadora de conocimeinto y de vivencia, su aptitud para forjar personalidades esquilibradas; si los colegios dilatasen la convivencia armoniosa iniciada en el hogar; si entrenasen a su clientela en el arte del diálogo, mostrando así y haciendo sentir que la solución de los problemas del  convivir humano no está en los conflictos egoístas o violentos y, mucho menos, en las guerras mortíferas...

Si la escuela supiese ensalzar debidamente el noble gesto de tantos jóvenes que, para no imitar a Caín, repudian la violencia, sobre todo la más terrible de todas ellas: la guerra...

Si, en la redifinición de los conceptos heredados, los educadores colocasen a los jóvenes  frente a la expresión “guerra justa”, es cierto que se levantarían preguntas como éstas: ¿Quiénes son los “justos” que detentan el poder de declarar la guerra “justa”? ¿Quiénes son los verdaderos agresores dentro de una sociedad competitiva cada vez más compleja y estructuralmente violenta, generadora de hambre y miseria en escala mundial?...

En fin, si los jóvenes comprendiesen la insensatez de la “ley de la selva”, de la “ley del más fuerte” que comanda todas la guerras; persuadidos, entonces, de la irracionalidad del lema “si quieres la paz, prepara la guerra”, sabrán que, de hecho, “no se cogen higos de los espinos, ni se cosechan uvas de las zarzas” [4].

Si las legiones de jóvenes se diesen cuenta de que la “filosofía” de este lema estúpido está por detrás de la corrida armamentista de los pueblos dichos civilizados; que esa “filosofía” lleva a una paz del miedo, cadavérica, de cementerio, es decir, que no lleva a la paz y sí a la destrucción, a la muerte, al terrorismo...

¡Si, al contrario, la nuevas generaciones se empapasen del lema “si quieres la paz prepara la paz”, aumentarían las esperanzas de días mejores!

Pero como la paz es fruto de la justicia, según afirma Isaías[5], la educación para la paz no puede prescindir de la educación para la justicia.

La campaña contra la guerra debe comenzar, cada día, por el esfuerzo constante de superar las injusticias aparentemente insignificantes.

A partir de aquí, y sin minimizar la importancia de la participación de los hombres en este esfuerzo, las mujeres deberían tomar consciencia del gran alcance que adquiere su actuación en la educación de las jóvenes generaciones para la justicia. Percibir las injusticias es, sin duda alguna, el primer paso para superarlas.

Por ejemplo:

En el hogar: la familia patriarcal, que confiere al varón todos los derechos y poderes, mientras somete a la mujer a la ignorancia y al silencio, es la primera escuela de opresión de la sociedad. Si en el hogar la mujer es discriminada y tratada como un ser inferior, se estará preparando perennemente a los hijos a aceptar las discriminaciones dentro de la familia humana.

En la escuela: los métodos autoritarios, no raramente previstos en ley, impiden el desarrollo del sentido de la responsabilidad de los educandos, con evidente perjuicio para la convivencia social armónica en el futuro.

En las cárceles: la corrección o reeducación, que supuestamente debería darse ahí, no es otra cosa sino la venganza de la sociedad contra los parias que ella misma generó. El sistema penitenciario del mundo entero es un pecado que grita al cielo y que nosotros, los cristianos y cristianas, aceptamos como un mal inherente a la naturaleza humana.

Ya en 1971, el Sínodo de los Obispos convocaba a la familia humana a hacer acontecer la “educación para la justicia” por todos los medios posibles:

“Este tipo de educación, dado que hace a todos integralmente humanos, ayudará a los hombres hacia el futuro, a fin de que no continúen a ser objeto de manipulación, ni por parte de los medios de comunicación, ni por parte de las fuerzas políticas; al contrario, hará con que ellos se tornen capaces de conducir los propios destinos y de construir comunidades verdaderamente humanas” [6].

Si todas las mujeres del mundo  - todas las de buena voluntad -  asumiesen esta convocación, haciendo sentir la fuerza de su acción, ¡qué aporte tan valioso estarían dando en el camino hacia la paz! 

4 – Y TAMBIÉN EN LA SOCIEDAD

Es necesario que las mujeres sean conscientes de los abusos de la sociedad de consumo y luchen con valentía para suprimirlos, porque desvían hacia toda suerte de pecados contra la fraternidad.

Entre los muchos abusos, hay algunos que exigen un vehemente y urgente protesto:

-       La degeneración y explotación del cuerpo femenino, convertido en objeto de propaganda.

-       El abastardamiento de la política, causante de la gritante injusticia de la carencia de alimentos, reponsable de la mortalidad infantil a gran escala.

-       La industria bélica, cuya existencia ya es, por sí misma, un hediondo crimen de “lesa humanidad”.

-       La trata de seres humanos  - unos tres millones por año, según datos de la Organización Internacional del Trabajo -  principalmente mujeres y niños. Esta forma de esclavitud es, ciertamente, una da las más infames que se conocen en la historia, y hoy uno de los más lucrativos negocios, juntamente con la venta de armas y es tráfico de drogas.

¿Se puede permitir que la mujer, más cercana a las fuentes de la vida que el hombre, sea accionista de estas mortíferas instituciones que son la fábricas de armas, el tráfico de drogas y el comercio de seres humanos?

¿No habrá sonado la hora de educar a la humanidad para substituir el “servicio de las armas” por el servicio de la promoción humana?

Sucedería, entonces, lo que está previsto en Isaías: “de sus espadas forjarán rejas de arado y de sus lanzas, podaderas. Una nación no levantará más la espada contra otra, ni se adiestrarán para la guerra”[7].

Si la humanidad atribuye a las mujeres el Don por excelencia de educar, deben ellas mismas tomar en serio esta delegación y echar mano de los medios más inteligentes para transformar las mentalidades e ideologías beligerantes, en mentalidades e ideologías de paz, concordia y amor.

Por tanto, es preciso desarmar los espíritus si, de hecho, queremos impedir eficazmente el recurso a las armas que destrozan los cuerpos.

Esta interiorización de paz es verdadero humanismo, verdadera civilización... Se trata de un trabajo lento y complicado, pero que, por muchos motivos, se impone por sí mismo: el mundo se encamina hacia su propia unidad.

Sin embargo, hay algo que no funciona bien en la máquina monumental de la civilización. Ésta podría estallar en una conflagración indescriptibles, por un defecto de fábrica... nos referimos al defecto de coeficiente espiritual. 

5 – QUE LAS MUJERES PROFETICEN EN LA IGLESIA

Probablemente nos correspondería a nosotras, mujeres, ahora que nos es dado entrar en la historia con poder de decisión, incluso en la Iglesia, descubrir el meollo de la disfunción, o ese algo que no funciona bien en la máquina de nuestra civilización. Captar ese “algo” indicado por Pablo VI como “defecto de coeficiente espiritual”; proceder con sabia diplomacia; aprovechar al máximo la capacidades que tenemos para que, a imitación de María, seamos mediadoras, capaces de promover la reconciliación en las familias, en la sociedad y, también, en la Iglesia.

Es prueba de amor profundo contribuir para el perfeccionamiento de la unidad de la Iglesia, comunión mística y constructiva; y, desde la unidad de la Iglesia, para la restauración ecuménica de la unidad cristiana.

Si todas las mujeres del mundo resolviesen ser “mujeres fuertes” [8] cuya acción inteligente, sabia, perseverante, serena, asumida consciente y responsablemente las hará semejantes a María, “Constructora de la ciudad temporal y simultaneamente peregrina atenta hacia la ciudad celeste”[9], habrá “paz en la tierra para los hombres a los que Dios ama”[10]. 


[1] Rm 13,11

[2] Marialis Cultus, nº 37

[3] Mt 26,52

[4] Lc 6,44

[5] Is 32,17

[6] La justicia en el mundo. Cap.II

[7] Is 2, 2-5

[8] Pr 31,10

[9] Marialis Cultus nº 37

[10] Lc 2,14


·       *MARIA AUGUSTA GHISLENI

-        Hermana Religiosa de la Congregación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús (Fundada por Santa Teresa Verzeri, en Italia, en el siglo XIX)

-        Es miembro de la Comisión de la Década de Solidaridad de las Iglesias con la Mujeres, auspiciada por el Consejo Mundial de Iglesias, y asumida en el Brasil por el Consejo Nacional de Iglesias Cristianas (CONIC).

 

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Posted 11 August 2002
Last revised 16 December 2002